Lima y Caracas unidas por la música

Cuando se reúnen olvidan lo que han pasado para llegar aquí y se reencuentran hablando su mismo idioma. Si alguno falta, no importa: es un compromiso flexible, una reunión, un poco de catarsis. La consagración de la nacionalidad ocurre, jueves a jueves, en una pizzería de la calle Recavarrén, de Miraflores, uno de los 41 distritos de Lima, la pujante capital del Perú.

Son, en conjunto, una representación de los mejores valores venezolanos en tierras de los incas. Una muestra de las que hacen falta, porque el paisano de malos hábitos también ha llegado al Perú en esta riada incontenible que ha lanzado a los criollos a los cuatro vientos y a las costas de los siete mares. El estandarte de aquellos es el canto, la risa, la alegría.

Esta es una crónica marcada por la música. Un jueves de comienzos de abril se reúnen allí, en el restaurante O sole mío —paredes rojas, decorado con portadas de viejos vinilos de Doménico Modugno, Claudio Bonelli y el Festival de San Remo—. Los jueves, el escenario principal es de los venezolanos que ensayan bajo la batuta de Jairo Zuleta.

Hijo de un saladillero, Zuleta es caraqueño en presencia, en risa y en acento. De paso, es el esposo de Melissa, la famosísima Reina del Rock de los ochenta. Ella, peruana de nacimiento, regresó a Lima hace unos cuantos años con su esposo. “Los coros”, ilustra Zuleta, “tienen un componente social. Este se fundó por una iniciativa que tuve, porque ya venía dirigiendo al Coro Municipal de San Isidro. Me acerqué a varias venezolanas que llevaban años viviendo en el Perú, principalmente por estar casadas con peruanos, y así se buscó la vía de integrar al venezolano que iba llegando”.

Cantantes o no, claro está. “Si oyes, puedes cantar”, dijo Jairo Zuleta a una de las integrantes, Emperatriz Valera, una guariqueña de El Sombrero que dejó esposo e hijos en Barquisimeto y que se labra, en Lima, a brazadas de superación, un futuro mejor. El coro, para ella, ha sido la vida en Lima, el oasis que le enseña un Perú menos adverso.

Porque no es fácil para los venezolanos que están en Lima. Al menos en la capital se escuchan cientos de historias de aquellos a quienes la suerte no les ha sonreído con todas sus letras. Pero pocos se rinden.

Si los ensayos en el restaurante se ciñen al horario exacto y a aprovechar el tiempo, “calientan” gargantas con improvisaciones. En ese jueves, Pablo Mazza inicia con un bolero, Delirio, de César Portillo de la Luz. Lo sigue Indira Torín en la guitarra y, el que se sabe la letra, continúa. Dos minutos de diversión y luego, ahora sí, el ensayo.

Zuleta indica posiciones de paladar, aberturas de cuerdas vocales, ensayan tonos, corrigen. Se guían con los teléfonos celulares. Ventajas de una economía sólida: un teléfono inteligente es tan común en Lima como una combi (una camioneta pequeña de pasajeros).

La mayoría supera los treinta años. La mayoría son mujeres. Todos, al menos en ese momento, se entregan con alegría a ensayar temas religiosos para una misa en la parroquia Santa Rita de Casia, en el distrito de Barranco. Han cantado, en año y siete meses de trayectoria, en parques, en plazas, y hasta en el Congreso de la República del Perú.

Se reúnen, informalmente, cada vez que pueden. La pascua de resurrección los lleva a la casa de Isabel Navarrete, en Miraflores. En el patio, rodeados de plantas ornamentales, se sientan algunos mientras una comisión de “maestras areperas”, prepara cachapas, arepas, relleno de reina pepeada, ultima caraotas y carne mechada, ralla queso o exprime limones para el papelón. No han terminado bien de almorzar cuando Zuleta afina el cuatro y cantan, otra vez.

Indira Torín, de Barquisimeto, rasga las cuatro cuerdas y canta Los dos gavilanes. La sigue Pablo Maza, guayanés —de Ciudad Bolívar— con vida de adulto en Lechería, Anzoátegui. Zuleta toca las maracas. Bexy González se integra más tarde cuando arrancan con el inmortalísimo tema de Celestino Carrasco, Amalia Rosa. Ella es de Charallave, en los Valles del Tuy. Detrás está Carlos Luis León, uno de los mayores del grupo, un caraqueño que vivía en Valencia y que llegó a Perú hace cinco años. Al lado, canta Isabel Ovalles, una capitalina que cambió Naguanagua por Lima.

Está Adriana Guerrero, una artista de prodigio increíble: su trazo mágico queda plasmado en las porcelanas que pinta a mano. Hay una maracucha, cuyo nombre pareciera gritar a los cuatro vientos su origen por la creatividad de la forma: Ecjoyster Barradas, quien, además, es médico sexólogo y prima de Huáscar, el célebre flautista. Ángeles González es una caraqueña que dice encontrar la felicidad en el grupo. Josefina Frontado, también de Caracas, hija de orientales “de Cumaná y Río Caribe”, con años viviendo en la Barcelona española, se unió en Lima a Lupe Guinand y Josefina Espinel, otras de las integrantes y organizadoras, que apoyaron la iniciativa de Zuleta.

Guinand y Espinel son el alma administrativa del grupo. No solo cantan sino que captan talento, agendan presentaciones y consiguen el soporte financiero a través de donaciones.

Isabel Navarrete, quien lleva 42 años viviendo en la capital del Perú, trasplantada por matrimonio desde Caracas,  va y viene al patio, apoya en la cocina, atiende a sus invitados. Cerca está Velma Chaparro, una ingeniera civil que vino desde Valencia con sus dos hijos a experimentar, sin conocer a nadie. Vilma Lovera es también fundadora y con su alegría, contagia a todos. Las piezas siguen: Viajera del río, Sentir Zuliano, Mi querencia…

En el ensayo del restaurante, destaca una voz de soprano: la de Roxana Martínez, una aragüeña (de las más jóvenes) que cantaba en Maracay en cuanto coro se le pasaba por delante. Aquí ha entregado lo más alto de su canto para la expresión criolla. Luisa Fuentes no pudo ir. Una dolencia física la mantuvo en cama el fin de semana. Guayanesa, entrega su voz, además, en el coro de la Municipalidad de San Isidro. Para ella, cantar es vivir. “Sin eso no vivo. Es vivir, es amar”, sostiene.

Para cada uno, cantar es pasión, entrega, emoción, expresividad, libertad, felicidad, familia, vivir, un movimiento del alma. Atesoran la reacción de sorpresa emotiva de los peruanos cuando han cantado en eventos el Himno Nacional del Perú, o de sus connacionales cuando los han oído con el ensamble de sus voces en el ya universal soy desierto, selva, nieve y volcán… Pero, seguro, si algún compatriota los escuchó el domingo de pascua, cantando Amalia Rosa, debió sentir casi un infarto.

Porque las Voces Venezolanas son el antídoto musical para el desamparo del exilio, para la tristeza del destierro. “En algún punto estaba sacudida por el guayabo de haber perdido el país. El coro me quitó la tristeza. A veces no puedo ir, pero trato de no desprenderme”, asegura Emperatriz Valera.

La “belleza brutal” que ve Josefina Frontado en sus amigos, cantando en el jardín, la seguirán viendo no solo los venezolanos en Lima sino también los peruanos. El coro prepara un espectáculo de video y canciones. Es solo una de las sorpresas. Siguen ensayando, sorteando escollos. La venezolanidad es lo más importante, lo más grande.

La amalgama de la adaptación la matizan con las partituras informales: los arreglos se hacen de oído. Así, academizan lo popular, como hicieran, hace medio siglo, los creadores del Quinteto Contrapunto.

Esa tarde en el patio, fueron aves. De Maracaibo salieron, dos palomitas volando, a La Guaira volverán, a La Guaira volverán pero a Maracaibo cuando. Son, sin duda uno de los productos venezolanos más sublimes de los creados en Lima, que  se derrama en cantos, se eleva a lo alto, atravesando la costa, la sierra y la selva. Son gargantas criollas hechas de oro, que enlazan, jueves a jueves y presentación a presentación, la conexión directa de Lima a Caracas con puntos intermedios.

 

Fuente: Panorama